Camino al andar, el largometraje documental de Sholeh Hejazi, no es sólo un título para una experiencia fílmica tan inclasificable como sugerente. La autora, iraní de nacimiento pero formada y afincada en España desde su mocedad, plantea mucho más que una oferta variopinta de entrevistas entretejidas en un flujo de imágenes salmodiadas (empezando por las olas del mar), penetrante música (de Mauricio Sotelo) y respuestas a las preguntas de toda la vida. El mestizaje de estos tres ingredientes está garantizado, de modo que en el rítmico sucederse de las intervenciones, a veces son los segundos planos y la misma música los que se encargan de introducir sus propios subrayados o pasar a la primera línea de atención.
La obra no es densa, sino intensa. Sin ser trepidante –todo lo contrario– consigue remover y causar trepidación al establecer muy pronto sus propias reglas de juego y marcar su territorio
con preguntas implícitas que dan lugar a los comentarios que el espectador escucha por boca de sus personajes, conocidos unos y otros no tanto. Así van desfilando progresivamente las voces de Sir John Woodhall, Amin Maalouf, Federico Mayor Zaragoza, Muhammad Yunus, Rafael Argullol, Ramón Tamames, Jean Ziegler, Bani Dugal, Gustavo Correa, Linda Kavelin, Alberto Pérez Hernanz, Trilok Gurtu. Los temas que aborda Camino al andar se mueven progresivamente desde el terreno de lo más primario y personal –qué hacemos en este mundo, qué importancia tiene el aprendizaje y la necesidad de saber en nuestras vidas–, hasta alcanzar los repliegues mismos de la mismos de la globalización, el papel de la mujer, el equilibrio entre ciencia y conciencia, la subsistencia del planeta, y el reparto de sus bienes.

Aviso a los espectadores algo lentos de reflejos. Dado que las reflexiones van entrando en escena sin previo aviso, conviene estar atentos a los remansos (las inevitables olas) para rumiar las frases con que algunos de los entrevistados se destapan. No vale la pena condensarlas aquí; pero es seguro que no pasarán desapercibidas. Tampoco es preciso estar de acuerdo con todas las afirmaciones que van desgranándose para darse cuenta de que sus voces son auténticas y, en más de un sentido, concordantes incluso en sus propias disonancias. Lo que en el guión original de Víctor Andresco hubiera sido un repaso esperanzado a un siglo XX de lecturas enfrentadas y casi imposibles –el siglo de los gulags o de los campos de concentración, pero también el siglo del Tribunal Penal Internacional– se ha convertido por obra y gracia del camino andado en una mirada apasionada a los retos y posibilidades de un mundo convulso, adolescente si hemos de creer a los más optimistas, y en vías de alcanzar nuevos equilibrios creativos. La
obra ha sido descrita con adjetivos como «necesaria», «refrescante», «aportación a la cultura de paz», “incatalogable”e“independiente”.
Ninguno de ellos sobra, pero aun podrían añadirse otros como sencilla y compleja, posiblemente porque contrariamente a lo que diría Oscar Wilde, no siempre el arte no tiene por qué ser individualista… a veces basta con que sea fiel a la persona, ese elemento común que hace –como bien subraya Muhammad
Yunus– que no haya personas sencillas o personas complejas.

Miguel Gil


Existe una guía de visionado en grupo. Lo puede pedir a distribucion@amaranta.es


 

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